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¡BIENVENIDO AL BLOG!

Este es el extracto de la entrada.

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BIENVENIDO AL BLOG “JACUZZI MARTÍNEZ”.

ESPERO QUE SU LECTURA SEA TAN ENTRETENIDA, COMO ES ENTRETENIDO PARA MÍ EL ESCRIBIR.

MANOLO.

entrada

LLEGADA

LLEGADA

 El avioncito demostró ser cómodo y Jacuzzi preguntó cuanto quería saber. A qué velocidad volaban donde iban a parar si lo hacían y montones de cosas que tenían que ver con que por primera vez viajaba siendo casi dueño de su destino, a pesar que sabía que estaba en las manos del piloto gringo.

 

Hasta revistas había. En inglés unas, como “Playboy” y en castellano otras. Leyó de éstas últimas, porque en las de inglés solo podía mirar las fotos o dibujos. Repasó el “Playboy” y se extasió ante las chicas desnudas, que parecían mirarlo. Habían arrancado lo que parecía una página del centro. La conejita del mes prometía mucho más.

 

Una música tipo ascensor salía de dos parlantes y había como un zumbido bajito y permanente. Poco a poco, Jacuzzi se quedó dormido.

 

Soñó con la selva, con su barrio de Huacho, con pedazos de película donde actores italianos hablaban fuerte. Soñó Jacuzzi, mientras el avioncito volaba.

 

No se dio cuenta de si habían parado. No lo despertaron. Tuvo un sueño muy largo y cuando reaccionó, estaba a bordo del avioncito y el piloto hablaba en inglés por el micro que sobresalía de los audífonos.

 

El segundo estaba sentado al lado del piloto. Finalmente se desabrochó el cinturón, tiró la manta que de seguro le habían puesto encima y caminó bostezando, agarrándose de los espaldares de los asientos, que eran como de cuero

 

  • -“¿Te despertaste ya…?” El segundo miró el reloj y dijo: -“Dormiste de un tirón. La pastilla que tomaste sin darte cuenta hizo efecto. Todo el viaje” O sea que eso era. Había soñado, bien al principio y raro después. Se mezclaban las cosas. Una pastilla para dormir que le había hecho efecto. Nunca las tomaba. Ahora se la dieron y ni cuenta se dio. Como recién se daba cuenta que estaban volando ya sobre el Perú. Lo supo porque el segundo se lo dijo. Le explicó que faltaba, pero que aterrizarían en una pista que usaba el piloto a veces. Una pista, no un aeropuerto. Ahora era claro: el avioncito era de narcos y volaban protegidos por ellos y sus contactos….

Jacuzzi no se inmutó aparentemente y dijo: -“Aterrizar… ¿dónde…?”  -“No te preocupes” habló el segundo. -“El gringo sabe lo que hace

 

Al rato comenzaron a bajar. Le pidieron que volviera a su asiento y se pusiera el cinturón.

El avioncito bajaba y poco a poco, Jacuzzi vio por la ventanilla, abajo, muy abajo, el inconfundible broccoli: ¡la selva!

 

El piloto maniobró, bajaron hasta encontrar una pista que era bien larga, corrieron por ella y sin apagar los motores, el segundo bajó una escalerita y salió: Jacuzzi, todavía no las tenía todas consigo, pero la pistola en la pretina del pantalón que tapaba con la camisa de manga corta que traía afuera, le daba la tranquilidad de saber que uno tiene un amigo de su parte.

 

Bajó agachándose, instintivamente y siguió al segundo que caminaba hacia dos hombres que estaban apoyados en una Jeep todoterreno color verde; llegaron hasta ellos, el segundo –de pronto recordó que no sabía su nombre- los saludó y dijo: -“Él es y viene bien recomendado”, e hizo ademán de frotarse, notoriamente, el pulgar con el índice de la mano derecha.

 

 

Imagen: buzznigeria.com

“¿AL DE EFE…?”

DE EFE

Todo el mundo se afanaba por cruzar en el sentido inverso:

Jacuzzi Martínez quería pasar a México. Lo miraban como si fuera loco. O como si realmente no tuviera nada que perder.

 

Después de vagabundear, vestido con jeans y una camisa a cuadros, encontró a un pasador. Se rió cuando le dijo que quería entrar a México: –“Todos quieren venir y tú que ya estás, te quieres ir… Debes haberla hecho grande, manito…”

 

Resultó fácil. La van tenía una especie de entrepiso. Ahí se metió y cerraron la tapa. Acurrucado, a oscuras, llevaba una botellita de oxígeno y una máscara como la de los buzos.

 

Pasó lo que le pareció una eternidad. Oía voces, risas y el ruido del motor. El oxígeno hacía que su cerebro se sintiera ligero. Pararon dos veces. Una larga y otra más corta. Finalmente un trecho de carretera y algunas vueltas. La van se detuvo y Jacuzzi esperó. Cuando sintió que abrían la puerta posterior, se quitó la máscara y empuñó la pistola.

 

Alguien levantó la tapa: –“Epa, mano, baja el cuete, ya estás en mi tierra…”. El pasador lo ayudó a salir;  Jacuzzi le entregó el resto del dinero convenido y se estiró. Estaban dentro de una especie de hangar lleno de cajas. –“Tranquilo mano, es el guardadero de mi compadre, aquí no hay problema; además para que llegues al de-efe, él mero te puede ayudar…”

 

Esa tarde vino el compadre. Era un gordo grande con dos dientes de oro y un chevalier en el meñique izquierdo. El meñique derecho no existía. Tenía la manía de subirse los pantalones que resbalaban empujados por una barriga cervecera: –“Qué hubo mano, aquí mi compadre me dice que quieres que te ubique en el de-efe; pos estoy para servirte. Tú dime cuando y yo te digo cuánto…” El gordo se rió haciendo temblar la barriga. –“Quisiera irme cuanto antes y después, salir de México” El gordo lo miró inquisitivo: –“Y pa´que quieres ir al de-efe. Yo te puedo sacar de aquí mismito, mano…Tú dime dónde y yo te digo cuánto…” Y volvió a reír sacudiéndose. En realidad, Jacuzzi no tenía nada que perder. El pasador había cumplido su parte y el gordo le ofrecía sacarlo de México. –“Es lejos, a Sudamérica”.“¿Serás colombiano, mano?”“Soy peruano.” El gordo volvió a mirarlo como taladrándolo: –“Colombiano, peruano… ¡Lo que cuenta es la lana, mano…!”

 

No le dijeron cómo iba a ser. Finalmente, tendría que seguir en manos de ellos. Confiando. Plata tenía. Pero ¿y si le metían un tiro? Total, un muerto más sin identificar en el desierto, no iba a hacer que el mundo se parara.

 

 

 

Imagen: mexicodesconocido.com.mx

PATO

PATO

Estaba sentado frente a un café cubano, negro y amargo.

Jacuzzi Martínez cavilaba sobre los extraños encuentros de la semana. Primero la mujer y luego el peruano ése de nombre raro y apellido de avenida. Axel Pardo*. Se acordó de las combis que peleaban por pasajeros en Miraflores, de la pastelería Solari y la licorería “El Gatopardo”. Desde esa mesa, todo estaba tan lejos….

Fue enganchando las imágenes y vio al cura hundirse en el río y la estela del deslizador  y la Uzi a sus pies, como un perro. Había salido. Ahora estaba en Miami y lo único que le preocupaba era el interés del detective privado que venía buscando a la mujer. ¿Era a ella o a él?

Los recuerdos volvieron como el agua a la playa y de pronto estaba besándola, caminando por la avenida de palmeras, mirando el sol ponerse en ese mar tibio y tonto que se llenaba de latinos durante el día y que los gringos habían aprendido a despreciar. Ella había resultado ser una especie de refugio, de covacha para sus malos sueños. Se abrazaban con desesperación, como si fuera a terminárseles el tiempo. Como si algo grave y urgente sobrevolara el lugar donde estaban. Ella no soltaba prenda y él fingía ser natural. Ninguno engañaba al otro. Se sabían varados, tratando de ser lo que no eran. De ser lo que nunca serían.

Terminó el café y pagó. No se acostumbraba a las monedas y los billetes gringos. A veces le parecía ridículo que le dijeran “twenty bucks”. Entonces convertía a soles y le parecía carísimo.

 

Salió al calor de la noche y a las luces de la avenida. La gente pasaba a su lado. Una chica en patines, con shorts mínimos y top lo sobrepasó y él siguió su movimiento hasta que se perdió en la vereda, esquivando cubanos, dominicanos, portorriqueños y peruanos. Eso era Miami.

 

Caminó, abriéndose un botón más de la camisa Gucci  de seda rosada. El aire era tibio y dulzón.

El terno de lino blanco, Ermenegildo Zegna lo hacía sentirse luminoso. Bajo su axila izquierda, el peso de la Walther  le daba confianza. Y miedo. No estaba en su territorio.

Lo bueno era que tenía trabajo. Y billete adelantado. Claro que el billete  podía resultarle caro si las cosas no salían como debía ser. O barato, según se mirara. Barato, porque una bala no vale casi nada y caro, porque para él, su vida no tenía precio. “Puntos de vista”, pensó.

 

Había alquilado su habilidad e inexistencia legal para este asunto. Le señalaron al “pato”, pero diciéndole “duck”. Jacuzzi entendió “doc” y pensó que era un médico, hasta que le explicaron que “duck” era pato y que a los patos de madera se les disparaba en las cabinas de tiro al blanco en las ferias. Entendió.

 

Le dieron la Walther con  numeración limada, las balas explosivas y un silenciador. Se sentía James Bond. La pistola era igualita a la de las películas. La había probado en una de las muchas galerías de tiro anónimas y sabía que funcionaba. Puntería no necesitaba mucha, porque al fin y al cabo, casi a quemarropa uno no puede fallar.

 

El “pato” no lo conocía. Era cuestión de seguirlo un poco, chequear las rutinas y listo. “Reglaje, como los terrucos” pensaba. Después se acercaría y con un par de “pops” se ganaría el resto del billete para desaparecer en una ciudad donde los latinos son tan comunes como las hamburguesas.

 

Después de cinco días de comprobar los hábitos del caleño, Jacuzzi estaba listo. Había ensayado la rutina cien veces. Esperar, cruzar, acercarse desde la pista tapándolo, disparar, cruzar de nuevo y buscar el Volkswagen estacionado media cuadra más abajo.

 

Eran como las ocho y el “pato” estaba llegando a la posición perfecta. Había salido del convertible y caminaba hacia la puerta lateral del club. A esa hora, la movida todavía no empezaba. Jacuzzi se acercó con la Walther empuñada. El brazo lo tenía en cabestrillo con un pañuelo de seda italiana. La pistola estaba así oculta y él podría deshacerse de pañuelo y pistola al toque. De pronto cuando ya estaba encima,  del hueco de la puerta salió una sombra que se acercó al “pato”. Se le juntó y el “pato” manoteó y cayó al suelo tratando de asir al aire. La sombra cruzó delante de Jacuzzi y se perdió en la vereda de enfrente. Una moto zumbó ronca, acelerando. Jacuzzi cruzó también y trató de alejarse siguiendo la ruta convenida. El Volkswagen escarabajo estaba donde debía estar. Sin soltar la Walther, Jacuzzi se arriesgó. Al pasar al lado del auto le alcanzaron un sobre. El ruido de las sirenas tapó un poco la voz: “Tira el pañuelo, pelao…”.

 

En la calle las luces azules y rojas de las patrullas daban un aspecto festivo. “Como en las películas” musitó y paró un taxi.

 

En el sobre estaba el resto del billete. Y un pasaje. Se rió despacio y pensó en su buena suerte. “Igualito que en la selva, pero sin helicóptero. Plata fácil.”

 

 Se hizo dejar como a veinte cuadras, frente a un contenedor de basura. Pagó y se bajó.

Miró irse al taxi y rápido botó el pañuelo. La Walther estaba en la sobaquera y el silenciador en su bolsillo. Por si acaso.

 

El billete podía usarlo. El pasaje no. Tenía que irse, pero en un ómnibus: “Greijaun” les decían.

 

Recién en el camino pensaría que hacer. Y en lo que había pasado.

 

 

 

 

*Axel Pardo: Detective privado, personaje de las historias de mi amigo Iván Mancini.

 

 

 

 

Imagen: manualidades.azuaga.me

RÍO

RÍO

Decidió ir por el río.

 

Era su única opción en realidad y utilizaría la canoa que lo había salvado de milagro y ahora lo sacaría de allí; dejó pasar un par de horas para asegurarse que el helicóptero no volvía y que no había nadie por los alrededores.

 

El sol quemaba y con la humedad se levantaba un vaho sofocante; los mosquitos parecían aviones y no lo dejaban tranquilo: por más que se desesperaba espantándolos, lo picaban. ¡Malditos!: atravesaban como si nada la tela de la camisa para picarlo.

 

Pensó que necesitaría agua y algo de comer, recordando que en el maletín había un paquete de galletas; buscó y encontró que las galletas estaban casi hechas polvo pero de todos modos las guardó; se internó un poco  en el monte para mirar si había provisiones más adentro y vio que debajo de un árbol había una calamina y a su lado un plástico negro extendido con ramas, un poco de tierra y piedras por encima: “una poza” se dijo a sí mismo en voz alta; levantó la calamina  y debajo, en un hueco, encontró tres botellas con agua y una bolsa que tenía cecina; también había una mini Uzi y seis cargadores todo envuelto en periódicos;  sacó el arma que estaba aceitada y los cargadores.

 

 

 

Sonrió y volvió a hablar para sí: “Estaba preparadito, Don Rodríguez…” Vació uno tras otro los cargadores y les volvió a colocar las balas; destapó una botella y olió primero, luego echó un poquito en su dedo y le pasó la lengua: era realmente agua y aunque estaba tibia por el calor, tomó un largo trago y volvió a tapar la botella descartable de Coca-Cola.

 

Llevó todo hasta la orilla, quedó en calzoncillos para meterse en el agua, jalar la canoa y después empujar hasta embarrancarla; cortó en dos el plástico con su navaja de bolsillo y pensó hacerse una vela, pero no tenía mástil y colocó un trozo en el fondo de la canoa y encima las botellas de agua, el maletín, donde había puesto la bolsa de cecina y los cargadores; después, con cuidado, la mini Uzi y con el segundo pedazo de plástico se hizo un poncho, por si llovía.

 

Entró en el agua y desembarrancó la canoa: subiendo a ella trabajosamente, agarró el remo que estaba en la embarcación y a poco se dio cuenta que sería inútil tratar de luchar contra la corriente o sea que tendría que dejarse llevar por la corriente, utilizando el remo para guiar un poco la canoa; habían navegado dos días para llegar a esa playa: ¿cuánto necesitaría para salir de allí?

 

Había pensado en navegar de noche para que no lo vieran, pero no tenía ni idea de cómo era el río: podía haber lagartos y había oído historias de serpientes acuáticas que hundían los botes: le dio miedo.

 

Se arriesgaría a bajar por el río durante el día. Encontró que no era nada fácil. El río hacía girar a la canoa, hasta que descubrió que el remo lo debía usar como timón, sentándose atrás

 

El sol quemaba y el río arrastraba ramas y plantas con grandes flores blancas; de rato en rato algo brillaba fugazmente en el agua: un pez, o el reflejo del sol.

 

El sol: allí arriba, clavándose en su cabeza, en sus hombros, en sus piernas y se puso la camisa porque prefería sudar que achicharrarse la carne.

 

De pronto se dio cuenta que la mini Uzi no estaba a su alcance. Puso el remo en el fondo y se acercó para agarrarla: casi pierde el equilibrio y la canoa se inclinó, meciéndose.

 

El arma soltó una ráfaga corta y de inmediato algo como un flash estalló en su cerebro y escuchó a Ornella gritando: “¡Quítate…! ¡Quítate…!”; le zumbaban los oídos. Jacuzzi se paralizó pero jaló la ametralladora y con dificultad volvió a su sitio, atrás. Dirigió la canoa hacia la orilla.

 

Con ese ruido, si había alguien, se convertiría en un blanco de lo más estúpido. Se pegó a la orilla y la canoa se detuvo entre unas ramas: solo se oía el chapoteo del agua y su propia respiración agitada.

 

Había decidido esperar quieto, cuando de pronto la vio: era otra canoa, con un hombre, que salía hacia el centro del río desde la orilla del frente. El hombre miraba a los lados

 

Estaba seguro de que lo había visto, pero siguió de largo: con la Uzi en la mano, Jacuzzi estaba echado en la canoa; entonces le vino un pensamiento: “Jacuzzi tiene una Uzi…”: “me salió en verso” dijo para sí, sonriendo, pero recordó el flash y a Ornella gritando. El odio volvió y se alojó en su estómago.

 

Pasó un largo rato, pero no se atrevió a volver a moverse en el río: de pronto el otro estaba más abajo. Esperaría. Los zancudos sonaban como abejas. Finalmente se decidió y manipuló el remo para volver a navegar: ahora tenía la mini Uzi sobre los muslos.

 

Un par garzas volaron rozando el agua.

 

Como a la hora de dejarse llevar por la corriente sin más novedades que el calor, los pájaros y los monos que alborotaban en los árboles de las orillas, Jacuzzi divisó un playón. Había un par de canoas y un deslizador con el fuera de borda levantado. Se pegó nuevamente a la orilla deteniendo la embarcación.

 

Cuidadosamente metió todo en el maletín, incluyendo el plástico; desembarcó mojándose hasta más arriba de las rodillas y ganó tierra entre unas cañas. Lejos se oían gritos de chicos. Se puso el jean y las zapatillas, colocando dos cargadores, uno en cada bolsillo posterior: con el maletín sobre un hombro, sigilosamente fue acercándose y lo que vio más allá del playón era un  par de chozas y como un corral pequeño. Tres chiquillos desnudos se perseguían entre los palos  que sostenían en alto las chozas; de una de ellas salió un hombre con barba y shorts. Sin camisa, muy quemado por el sol, tenía puesta una gorra azul.

 

Jacuzzi se quedó observando; detrás del barbudo salieron dos mujeres y un viejo. “¡Gracias padre!” oyó que decía una de la mujeres.

 

Un cura” pensó; “de él es el deslizador…: tal vez sea mi oportunidad…”. Guardó las cacerinas y la metralleta en el maletín y se acercó, cojeando.

 

“¡Por favor, ayúdeme…!  ¡Por favor…!” empezó casi a gritar: su voz le sonó extraña. El hombre de los shorts reaccionó hacia él y las mujeres se metieron a una choza donde ya estaban los niños; el viejo buscaba de dónde venía la voz.

 

Se acercó al cura poco a poco: “¡No soy terruco….! Necesito ayuda… Se hundió el peque-peque y me he perdido caminando… ¡Ayúdenme…! no sé dónde estoy…

 

En el caserío Pashía” dijo el cura; “…yo soy el padre Jones, estoy de visita porque hay un enfermo… ¿Qué le pasó…?”

 

Jacuzzi se dejó caer, sentándose sobre un tocón, trabajosamente: el maletín pesaba.

 

Contó una historia borrosa. El cura le dijo que en la tarde podía sacarlo de allí y llevarlo hasta su parroquia, que estaba como a una hora río abajo, ahí podría aprovechar la avioneta que iba una vez a la semana desde Pucallpa y regresaba.

 

Jacuzzi agradeció casi llorando: iba a salir.

La canoa resultó ser un buen amuleto.

 

 

Imagen: querubimturismo.wordpress.com

FLASH

FLASH

 A Jacuzzi Martínez sólo le quedaba el odio.

Ahora tenía que empezar de nuevo. Volver a la selva.

Ahí vería que hacer.

Con la plata que tenía compró un maletín con el logotipo de “Umbro”, un par de camisas, un jean, zapatillas y cuatro cajitas de calzoncillos. En el fondo del maletín puso el Taurus y en los bolsillos del jean guardó como 30 balas. Lo acomodó todo y agregó galletas de soda, dos botellas de agua mineral y una chata de ron.

 

 

Cuando compró el pasaje en la agencia  dudó en dar su verdadero nombre. Por si las moscas dijo que se llamaba Domingo Orué, “Como la calle”, bromeó con la chica que escribía en el boleto.

 

 

Pagó y se guardó el papel. No le pidieron ningún documento. Total, si el ómnibus se desbarrancaba ya no iban a importar los documentos.

 

 

“¿A qué hora sale…?”

A las siete”.

 

Tenía tiempo. Caminó hasta Azángaro y buscó al “Muelas”. Ahí estaba, en su oficinita mugrienta del segundo piso. Pedro Bastidas, “El Muelas” falsificaba a pedido.

 

Cuñao, necesito una electoral, pero al toque nomás.”  El “Muelas” abrió el cajón de su escritorio, sacó un grupo de libretas nuevecitas y las distribuyó como quien va a jugar cartas.

 

Cien por ser tú, Jacuzzi. ¿Tienes foto?”  De la billetera, Jacuzzi rescató la foto que se había hecho tomar un día en una máquina automática en San Borja. “¿Qué nombre te pongo?” “Domingo Orué Martínez.” “¡Como la calle, cuñao…!” “Para no olvidarme”.

 

 

El “Muelas” hizo su trabajo, puso los sellos y con paciencia “envejeció” la libreta sobándola en un pedazo de tapizón gris. Después sacó una esponjita dura, verde y la pasó por los dos lados, levantando un poco de pelusa; acabó el procedimiento mojándola.

 

Ahora la dejamos secar. ¿Quieres una gaseosita?” Era evidente que el “Muelas” quería saber.

 

Aceptó la gaseosa y esperó. “Jodida la cosa ¿no?”, empezó el “Muelas”. “Un poco…” No iba a hablar.

El “Muelas” no era cojudo y se dio cuenta de inmediato.

 

Se tomaron la gaseosa y hablaron del calor, de lo dura que estaba la chamba para los “notarios” de Azángaro, de mil cosas que a ninguno de los dos les importaban.

Jacuzzi pagó los cien soles y el “Muelas” le regaló un protector de plástico rojo: “es la yapa, cuñao”  dijo y desplegó su apodo en una sonrisa.

 

El ómnibus salió a las siete. En un asiento del medio, Jacuzzi Martínez se iba quedando dormido. Pararon en la garita y dos policías subieron. Uno con perro: “Qué huevones; la merca se trae, no se lleva…” pensó Jacuzzi.

 

Recorrieron el pasillo, alumbrando con una linterna a la parte de arriba. Entró un teniente pidiendo documentos. Jacuzzi sacó la electoral y la mostró. El teniente ni la miró. Se la devolvió y siguió hasta el fondo. Salieron y el ómnibus arrancó. Faltaban varios controles, pero el “Muelas” había hecho bien su trabajo.

 

Volvió a dormirse. Lo despertó el frío. Sacó una chompa, se la puso y destapó la chata. A pico se bebió un trago largo. El ron bajó como fuego por la garganta y anidó en el estómago. Se sintió abrigado.

Miró por la ventana y no vio nada. Cerró los ojos y la imagen de Ornella gritándole “¡Quítate, quítate…!” regresó. En realidad estaba ahí todo el tiempo. Cerraba los ojos y la veía caerse, gritando.

3

 

 

Como en una película, oía los disparos y veía las caras de los rayas. Después había como un flash y se obligaba a abrir los ojos.

Jacuzzi intuía que iba a tener que vivir con ése fogonazo de luz en su cerebro y los gritos.

 

Después de pasar lo que le parecieron mil controles  y de una molienda de huesos por los baches de la carretera, llegaron a Pucallpa.

 

Se fue levantando poco a poco para desentumirse. Cogió el maletín, se lo puso al hombro y esperó pacientemente que la cola avanzara por el pasillo del ómnibus: los pasajeros se estorbaban unos a otros con costalillos, maletines, bolsas y todo tipo de equipaje imaginable.

 

Salió al aire que le pareció fresco después de haber respirado durante todo el viaje la atmósfera cerrada y plagada de los olores más disímiles. Ni calor sintió.

 

Ahí nomás lo abordaron. “¿Hotel, míster?” El chico lo miraba esperando un no. “Vamos”, dijo y el chico sonrió y quiso agarrar el maletín. Jacuzzi lo impidió: “Lo llevo yo, compadre, aquí hay cosas que tú no debes andar cargando…” Caminaron como seis cuadras y llegaron a una casa vieja, pintada de blanco que no tenía letrero alguno. “¿Hotel?”, preguntó Jacuzzi. “Firme, míster. Es un hotel con estrellas: Bien solapa, por si las moscas…”

 

Jacuzzi le dio dos soles de propina y el chico volvió a sonreír. “¿Quiere que lo guíe a algún sitio, míster? Puedo llevarlo a Yarina, a San FranciscoBonito es…”

 

Jacuzzi negó con la cabeza y entró en la casa.

 

 

Imagen: imagui.com

 

 

 

 

  

ODIO

ODIO

Bajita, greñuda, usaba un overol bolsudo  y un polo publicitario en danés que promovía una marca de preservativos, donde lo único inteligible era el falo sonriente que adornaba el diseño.

Jacuzzi Martínez se había enamorado de ella. No sabía muy bien el motivo.

Lo único que sabía es que tenía la voz más sensual del mundo: Jacuzzi Martínez, en un arrebato tecnológico, se había enamorado por teléfono.

 

Cuando lo de la moto, había llamado al “maquillador” para ver como iba el trabajo. Le contestó una voz que lo hizo soñar tres noches seguidas con Ornella Muti, pero no se atrevía a ir. Primero, porque era muy pronto y podían chaparlo. Segundo, porque se moría de miedo de ver el rostro que correspondía a la voz.

 

Finalmente, el sábado se echó medio frasco de “Piove”, un alternativo de once soles; se puso las medias blancas de nylon, los mocasines de gamuza color arena y con la camisa del caballito que había comprado en las carretillas de ropa usada en Grau y un pantalón negro, decidió presentarse donde el “maquillador”, ver la moto y a la chica del teléfono.

 

Llegó al portón de calamina, donde un 232 aparecía borroneado con tiza. Tocó y dentro empezó a ladrar un perro. Volvió a tocar. Detrás de la calamina, sobre los ladridos, oyó la voz de Ornella Muti, que gritaba tratando de callar al perro. Sintió que le sudaban las manos y se las pasó por el pelo.

 

¿Está el maestro?”, preguntó Jacuzzi. El portón se entreabrió y Yaniré Malca Ojeda hizo su entrada en la vida de Jacuzzi Martínez, bajo el nombre glorioso -e italiano- de Ornella.

 

¿Quién?”  “El maestro; el Pollo”, articuló Jacuzzi con la emoción de hacer hablar más a esa voz que le hacía sentir que tenía las orejas a la altura de la bragueta.

 

“¿De parte…?” “Soy un amigo”, dijo cauteloso.  “Tú debes ser el de la moto. Pasa nomás, mi primo está al fondo. El perro no muerde.

 

Jacuzzi sonrió y se deslizó por la abertura del portón: dentro, un canchón lleno de llantas, pedazos oxidados de carrocería, asientos de auto destripados y basuras variadas, antecedía al cuarto de adobe con techo de cartones, delante del cual “El Pollo”  trabajaba en  la moto.

 

Caminó sorteando los obstáculos,  aturdido por los ladridos del perro que le daba vueltas a prudente distancia y por el ruido del compresor: “Perro maricón, acércate y te meto un puntazo, pensó Jacuzzi.

 

“El Pollo” estaba sólo con un short que había sido blanco y “sayonaras”: pintaba la moto que ahora parecía otra. Le había hecho una carrocería de fibra que la volvía irreconocible. Un tigre… “El Pollo” dejó el soplete y con un movimiento del pie apagó el compresor.

Hola, Jacuzzi. Ya está casi. Mañana te la  llevas. Quedó firmeza, ¿no?”

        

Había que reconocer que ni el muerto hubiera reconocido a esta máquina sin marca: “le borré todos los números y le puse una plaquita que me recursié. Ahora es una Gilera, como querías.

 

Jacuzzi Martínez miró otra vez a la moto y haciéndose el cojudo le preguntó por la chica: “Yaniré es mi prima: me ayuda con el teléfono. Tú sabes que es una vaina que te encuentren fácil. Uno tiene que darse su distancia, pa’ poder demostrar que está ocupao.

 

“¿A qué hora vengo mañana?”  Puta, Jacuzzi, ¡mañana es domingo…! No, vente pasado. Como a las once. Es que a  la noche tengo una chambita que se tira pa’ largo y mañana voy a estar jato.

 

La chica salió: caminaron juntos unos pasos y Jacuzzi le dijo que la invitaba al cine esa noche: “Si quieres, vengo por ti…”  Ella lo miró y se rio: ¿A mí? “  Jacuzzi puso su cara aprendida en las viejas películas de Rossano Brazzi  y sonriendo de medio lado movió la cabeza: “Si no quieres…

 

Yaniré vio escaparse la oportunidad y de pronto se volvió tímida: “Pero yo no vivo aquí. Mi casa está en Breña, por el jirón Chamaya…  Apúntame la dirección y paso como a las seis.

 

Ella regresó con un papelito que tenía la dirección escrita a lápiz. Jacuzzi lo guardó en la billetera y  dijo chau. Salió, caminó unos pasos y al voltearse vio que Ornella estaba todavía en el portón. Le hizo adiós con la mano y regresó al hostal.

 

A las seis en punto la recogió, fueron al cine a ver “La jaula de las locas” y mientras ella se reía a carcajadas, Jacuzzi la miraba, reconociendo en esa risa muchas de sus fantasías sexuales.

Al terminar la película entraron a una pollería y comieron comentando.

 

“¿Tienes algo que hacer?, Te invito a bailar.”

Se metieron a un Tico y acabaron sumergidos en la bulla y las luces de una discoteca de la avenida La Marina: Jacuzzi bailaba con estilo. Ella estaba como abstraída, llevando el ritmo con la cabeza, dejándose llenar por la música.

Se empilaron con un par de rones y después chelas hasta las cinco.

 

Mojados de sudor,  un VW los llevó hasta el “D’ Carlo”. Allí, Jacuzzi Martínez terminó de enamorarse: en la cama, Yaniré resultó más Ornella que nunca.

 

Hicieron el amor como si fuera a terminárseles el mundo. Se quedaron dormidos y  a las cuatro de la tarde salieron con hambre. Unos jugos y dos panes con chicharrón los dejaron como nuevos.

 

Jacuzzi la llevó a su casa: Mañana voy. Chau, Ornella. “¿Quién?”, dijo ella. “Tú eres Ornella. Un día te cuento”, le respondió.  Ella se quedó pensando,  decidió que Jacuzzi se acordaba de otra chica y sintió una especie de hueco en el estómago.

 

Al día siguiente, Jacuzzi salió temprano y buscó un bazar. Compró una cadenita y un conejo azul de peluche. Lo hizo envolver y se metió la cadenita en el bolsillo de la camisa.

 

Al llegar al portón, vio que estaba medio abierto: entró. Al fondo estaba la moto, roja, brillando.

Llamó al Pollo, pero nadie contestaba. Ahí fue que se dio cuenta que no estaba el perro.

 

De pronto, del cuarto de adobe, Ornella salió gritando como loca: “Quítate, es una trampa: ¡quítatateeee…!” Detrás de ella venían  dos hombres gritando y carajeando: “¡Quieto, cojudo!” “¡Esta maldita nos jodió todo: no te muevas o te quemamos!”

 

Jacuzzi corrió y de reojo vio que Ornella corría hacia él: “¡Quítate, quítate!

 

Cuando llegaba al portón oyó el estampido de un disparo: la adrenalina lo invadió y aceleró apretando instintivamente el paquete con el conejo de peluche. El grito de la mujer lo paró en seco. Adentro, Ornella estaba en el suelo y los dos rayas se habían agachado: “¡La cagaste, la cagaste!” gritaba uno.

 

Corrió de nuevo, tiró el paquete y se subió a un micro a la volada.

Miró por la luna de atrás y vio a los policías que salían por el portón.

 

Se sentó, sudando.  Felizmente el billete lo tenía… ¡No lo tenía! : estaba en el hostal; bajó del micro y corrió a un teléfono público. Marcó el número y estaba ocupado. Volvió a marcar y contestó una voz rara. Colgó. Volvió a marcar. Contestó la misma voz.

 

 

No podía volver al hostal. Había perdido la “merca”, el billete y todas sus cosas. Buscó otra moneda: ya no tenía. Buscó en el bolsillo de la camisa: solo encontró la cadenita. La sacó y se la puso.

 

Jacuzzi Martínez  lo había perdido todo: solo tenía precio y ahora, además, odio.

 

 

Imagen: http://www.muyinteresante.es

 

 

BROCCOLI

 

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Esta es la primera historia de una serie.

 Hace mucho tiempo me pidieron algo al estilo “novela negra” y resucité a un personaje que tenía dormido en la memoria.

 Sus aventuras empiezan aquí; no sé dónde irán a parar.

 Empecé a escribir en la sala de profesores del antiguo, primer local del IPP, en la avenida “El Bosque” de San Isidro, allá por 1987 más o menos: lo hacía a mano, en un cuaderno de hojas amarillas, con rayas azul claro.

 Estoy seguro ahora, como entonces, solamente de una cosa: aunque sin pretender el dominio del género, como casi siempre en la “novela negra”, mi protagonista es un perdedor.

Manolo Echegaray.

 

 

 

Broccoli…: ¡Eso era!

 

Desde arriba, la maldita selva parecía una enorme plantación de broccoli (si es que en algún lado había una plantación de esa especie de coliflor verde).

El avión ya estaba subiendo y pedazos de nube, como la nieve de lana de vidrio de los árboles de navidad, empezaban a aparecer sobre el verde apretado de abajo.

Jacuzzi Martínez miraba tenso por la ventanilla. Era su segundo vuelo.

El primero lo había llevado a ese lugar infame, lleno de bichos, calor y árboles.

El segundo lo regresaba a Lima. Más precisamente, al invierno de Lima.

 

Jacuzzi Martínez era italiano en todo, salvo en los apellidos, el nombre y la nacionalidad.

En realidad se llamaba Florencio Martínez Castro. Nacido en Huacho.

Pero desde que vio la serie de películas de Franco Nero, decidió ser italiano.

No se había perdido una. Frente al espejo de la casa paterna ensayaba poses, mascaba un cigarrillo y sacaba rapidísimo los imaginarios Colt Frontier.

Soñaba con Italia. El problema era que para él, Italia se traducía en un pueblo del oeste americano porque a su edad -doce años- resultaba difícil ubicarse en la geografía.

Sin embargo, a punta de preguntas y visitas a la biblioteca logró hacerse una idea de Italia.

 

Era cierto que se desilusionó un poco al descubrir que los italianos no habían peleado nunca contra los apaches, pero suplió la carencia con algunas historias leídas sobre los emperadores romanos y acerca del circo -tan diferente de aquél que venía por Fiestas Patrias cada año- donde los cristianos luchaban (era un decir) con leones, tigres y otros animales feroces.

El clímax llegó para Florencio cuando encontró a Ornella Muti, Mastroianni y a esos italianos que vivían en la verdadera Italia y que pasaban por Huacho en copias rayadísimas, con pésimo sonido,  pero maravillosamente itálicos.

Se enamoró de la Muti y  copió gestos displicentes de Mastroianni: empezó a hablar con un dejo que primero provocó extrañeza y luego risa.

 

Cumplidos los quince años decidió iniciar su viaje a Italia: primera escala, Lima; allí ahorraría y un día se subiría en un avión que lo llevaría a Roma. ¡Hasta su nombre le sonaba ahora a italiano!  Florencio debía venir de Florencia: “Firense”, decía él. No tenía muy claro el asunto, pero peor era nada.

 

Ya en Lima, se hospedó donde su tía Asunción Castro, en Lince y empezó a buscar trabajo; la suerte lo llevó hasta la panadería “Il panino”, que necesitaba un triciclero repartidor.

Florencio Martínez agradeció su buena estrella y pedaleó durante un año, levantándose a las cuatro y guardando cuanta plata pudo.

 

Un día leyó un folleto. Allí ofrecían “jacuzzis”. No entendió mucho, pero le gustó el nombre. Le sonó italianísimo y decidió adoptarlo: desde entonces Florencio pasó a ser Jacuzzi.

Como en “Il Panino” le seguían diciendo Florencio, no tuvo más remedio que dejar el trabajo.

Su italianización avanzaba, pensó.

 

El segundo trabajo lo consiguió con un amigo que repartía pan por las tardes y que de paso hacía “bisnes” entregando “ketes” a domicilio: Jacuzzi tenía que cobrar; como era alto y el año de pedaleo lo había entrenado poniéndolo casi atlético, resultaba perfecto para el trabajo.  Además era “un poco cojudo”, según “Chupón”, su amigo, y no se le iba a ocurrir levantarse ni un yen.

“Chupón” repartía y Jacuzzi cobraba.

 

Empezó a ganar lo suficiente como para comprarse ropa con marcas que sonaban a italiano.

Cultivó el acento que le parecía adecuado para su personaje y dejaba caer alusiones a la mafia, como si él tuviera algo que ver: “Chupón” se reía y Jacuzzi cobraba.

 

Un día a “Chupón” lo encontraron con dos balas adentro, el triciclo volcado y ningún “kete” a la vista.

Jacuzzi Martínez deseó con toda su alma ser Florencio, vivir en Huacho y no haber visto nunca ninguna película italiana: desapareció del barrio.

 

Ahora volvía a Lima después de haber pasado dos horrorosos años entre el broccoli; odiaba la selva: allí tuvo que hacer de todo. Para empezar había perdido su ensayado acento mediterráneo.

Fue mozo en un cafetín infecto, vendió camisas en caseríos que quedaban a cinco días en canoa, se convirtió en comida para los zancudos, vio a las arañas cruzar orondas la carretera. Se emborrachó con guarapo y despertó sin plata, sin ropa y en plena lluvia.

 

Pero como Franco Nero en las películas, sobrevivió.

El viaje a Italia había tenido una escala inesperada, pero no por eso terminaba allí; acabó trabajando río arriba, en una “caleta”, pesando pasta. Hizo los amigos convenientes y los enemigos necesarios. Finalmente volvía a Lima. Con un encargo que lo tenía más nervioso que cuy en tómbola.

Sin embargo, Jacuzzi Martínez no se iba a achicar.

 

El avión aterrizó y él bajó mezclado entre los pasajeros. De la cinta de equipajes recogió el costalillo y la caja; el maletín le colgaba del hombro y pesaba como la gran flauta; llamó a un maletero y puso todo en el carrito. También el maletín: le dio los tickets y caminó adelante. Si querían revisar, el salía nomás: pasaron.

 

En la puerta un moreno se le acercó: -“¿Taxi señor? Es de afuera, señor. Barato, vea.

 

– “¿Cuánto al centro, al hotel Mogollón?”

  

Treinta, míster; solano usted.

 

– “Vámonos. Ayúdame con la caja y el costalillo.

 

 

Llegaron al centro; en el hotel alquiló un cuarto que pagó por adelantado y una vez cerrada la puerta se echó en la cama y respiró. En la pared había una mancha de humedad y la pantalla rosada que colgaba del alambre en el centro de la habitación parecía una muñeca ahorcada.

Jacuzzi Martínez había dado el primer paso de su verdadero viaje.

 

Los mil dólares que le pagarían por traer la “merca” eran la cuota inicial de su sueño. Solo tenía que entregar los “juanes” a un tal Soto, que lo esperaría a la entrada del cine Alhambra esa misma noche.

Lo demás iría viniendo.

 

 

A las nueve tomó un taxi y se fue a hacer la entrega: en el cine, compró su entrada y se entretuvo mirando los afiches; dentro del maletín que le colgaba del hombro había diez kilos de pasta envueltos en hojas y amarrados como “juanes”; a su lado se paró un gordito con pinta de maricón.

 

¿Va a entrar?” le preguntó a Jacuzzi con un tono que a él le sonó invitador.

Stoy a la spera de una bambina” dijo con su mejor acento italiano; “yo soy Soto”: Jacuzzi casi deja caer el maletín que en ése momento trataba de cambiar de hombro.

 

Este sobre es para usted, el maletín para mí. Entremos al cine y chequeamos.

 

El gordito compró su entrada y se sentaron en la penúltima fila: el cine estaba casi desierto. Solo había dos parejas y un par de tipos separados. Olía a guardado y a orines.

 

Jacuzzi abrió el sobre y contó diez verdes de a cien. El gordito hurgaba dentro del maletín. Se llevó el dedo a la nariz, olió y después se lo chupó. Levantó el maletín como pesándolo.

Está correcto, dijo con el tonito de marica. “Completi tutti”, musitó Jacuzzi.

 

Cuando apagaron las luces, el gordito salió.

Jacuzzi aguantó hasta la mitad de la película y casi corrió hacia la puerta.

El frío de la noche le pegó en la cara y Jacuzzi Martínez supo que ya no tenía regreso: todo su camino era ahora hacia adelante.

 

 

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